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martes, mayo 5, 2026
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    Ya le da la Vuelta al Estadio la Fila Para los Boletos del Buki

    Fuera del Estadio Morelos, la escena empieza a configurarse mucho antes de que comience el concierto. Refugios temporales, mantas extendidas sobre el suelo y letreros que indican posiciones en la fila crean un panorama que combina anticipación con tenacidad. No todos los presentes solo buscan un ticket para asistir al show de Marco Antonio Solís, conocido como “El Buki”. Algunos, como Juan Carlos, han convertido este espacio en su modo de vida.

    “Estamos alrededor de 14, entre mujeres, jóvenes, de todo”, menciona con risas y bromas que no ocultan la dureza de la situación. Se identifica sin ambigüedades como integrante de “la mafia de la reventa”, aunque rápidamente aclare: no todo es lo que parece desde una perspectiva externa.

    A primera vista, la reventa se asocia comúnmente con explotación o manipulación. Sin embargo, desde el nivel de la acera, la historia se narra de manera diferente. Juan Carlos y sus compañeros han pasado horas, a veces días, sin dormir adecuadamente, omitiendo comidas y soportando el calor del sol. “La gente piensa que solo venimos a obtener ganancias rápidamente, pero aquí estamos sin comer, desvelados, estresados”, argumenta.

    El “negocio”, como lo llaman, abarca más que solo la venta de boletos. En torno a la fila se desarrolla toda una dinámica en la que también se distribuyen alimentos y bebidas para aquellos que esperan durante horas o, incluso, durante toda la noche. Al amanecer, cuando el agotamiento se siente más, esos mismos puestos improvisados se convierten en esenciales: café caliente, tortas y algo rápido que permita seguir de pie son parte de esa rutina silenciosa que sostiene a quienes desean asegurar su lugar.

    “Hay quienes no quieren hacer fila, no desean trasnochar, y ahí es donde entramos nosotros”, comenta. Reservar lugares en la fila, guiar a quienes llegan desubicados o incluso mantener cierto orden entre los asistentes son tareas que, según indica, también llevan a cabo. “Si no estuviéramos, esto se convertiría en un caos”, sostiene.

    Sin embargo, no todo es lucrativo. La inversión, indica, puede oscilar entre 15 y 20 mil pesos, sin garantía de recuperarla. “Es un cuarto de dados”. Si el producto no se vende o el interés por el evento disminuye, la pérdida es total. “¿De qué me sirven 50 paquetes de pañales si en mi hogar no hay niños? ”, afirma entre risas que ocultan una preocupación genuina.

    La crítica social es persistente. El revendedor a menudo ocupa el rol de villano, el oportunista que encarece la experiencia. No obstante, Juan Carlos sostiene que la distinción no es tan clara. “Todo el mundo revende”, afirma, aludiendo a prácticas cotidianas que pasan desapercibidas cuando ocurren fuera de este contexto.

    En medio de la charla también surge una contradicción: aquellos que más critican, sostiene, son a veces los mismos que terminan comprando. “Cuando llegan tarde, ahí sí nos buscan”, dice.
    Mientras tanto, la cola continúa expandiéndose. El entorno se convierte gradual y lentamente en un preludio festivo. Para algunos, será la anticipación de un recital; para otros, un día más de empleo. En esa intersección entre el deseo y la posibilidad, la reventa ya no es solo un estigma, sino que se transforma en un reflexivo, aunque incómodo, retrato de cómo opera la economía diaria en la ciudad.

    Porque al final, tal como lo expresa Juan Carlos, “es un esfuerzo… pero es la realidad”.

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