Antes de que alguien saque las antorchas digitales, debo advertir algo: hace años que no escribo. Estoy tan desconectado de la política michoacana que, si me preguntan por el último gran proyecto del estado, probablemente responda: “¿Ya arreglaron los baches o todavía son patrimonio cultural?”
Michoacán solía ser un laboratorio político nacional. Aquí se experimentaba de todo: alianzas imposibles, promesas reciclables y discursos que, con un poco de voluntad, podían funcionar como audiolibros para dormir. Hoy pareciera ser simplemente otro punto en el mapa: hermoso, complejo y administrado con la precisión de alguien intentando armar un mueble sin instructivo.
Yo, lo admito, creí en Alfredo. Lo veía como un luchador social, alguien con ganas de sacar adelante al estado. Pero con el paso del tiempo, su administración me ha dejado en ese incómodo papel de quien defendió una película y, al volver a verla, descubre que era peor de lo que recordaba.
Gobernar Michoacán no es administrar una tanda ni organizar una carne asada familiar. Requiere visión, capacidad, diplomacia, seguridad, economía y, sobre todo, carácter. Porque aquí no basta con sonreír en los eventos, cortar listones y decir que “vamos avanzando”. ¿Avanzando hacia dónde? Porque, por momentos, parece que vamos en reversa y sin espejos.
Alfredo está por terminar su periodo -gracias a Dios, al calendario y a la Constitución— y, como suele ocurrir en la política, parece que la prioridad es acomodar a los cercanos en la siguiente fila. Pero dejar herederos políticos no convierte a nadie en estadista; a veces sólo convierte al gobierno en una reunión familiar con presupuesto público.
Ni Gladyz Butanda ni Carlos Torres Piña, desde esta perspectiva, representan necesariamente la respuesta que Michoacán necesita. Y nótese que ni siquiera estoy haciendo chistes sobre la Cuarta Transformación: ya no hace falta. La realidad política local se encarga de escribir el guion y, además, lo hace gratis.
Michoacán necesita una persona al frente que sepa dialogar, poner orden, enfrentar los desafíos de seguridad y tratar con seriedad a los grupos políticos, sociales y sindicales. Alguien con firmeza, pero también con inteligencia; porque gritar más fuerte no es gobernar, aunque a algunos les parezca una estrategia de alto nivel.
Alfredo no llegó preparado para la magnitud del puesto. Le cayó la responsabilidad de golpe, como cuando te invitan a una fiesta y terminas cuidando al perro, pagando la cuenta y explicándole a todos dónde está el baño. Y, como diría alguien a quien admiro, se dejó llevar por la corriente. El problema es que la corriente estaba llena de problemas y nadie parecía traer salvavidas.
Cuando termine su administración, seguramente escucharemos que se construyó, se optimizó, se administró y se transformó. Pero el ciudadano común seguirá preguntando, con toda razón: “Muy bien, ¿y eso dónde se nota?” Porque Michoacán continúa enfrentando inseguridad, pobreza y una sensación colectiva de que el gobierno sigue buscando el manual de instrucciones.
Si alguien puede mostrarme un logro contundente que realmente haya cambiado la vida de la mayoría, me quito el sombrero. No porque sea fan del movimiento, sino porque en estos tiempos reconocer algo bien hecho ya casi cuenta como un acto de valentía cívica.
!Salud!
