HomeEditorialGuerra Termonuclear en la Liga Municipal de Fútbol de Morelia

Guerra Termonuclear en la Liga Municipal de Fútbol de Morelia

Para quienes jugamos fútbol amateur, la Liga Municipal de Morelia no es solamente una competencia. Es el lugar donde cada fin de semana se reúnen amigos, familias, árbitros, delegados y jugadores que dejan tiempo, dinero y esfuerzo por amor al balón. Por eso preocupa que los problemas internos parezcan estar tomando un rumbo cada vez más serio.

En el fútbol, como en la política y en las empresas, las ambiciones personales pueden terminar dañando proyectos que deberían pertenecer a todos. Hay figuras que se convierten en referencia por su trayectoria, por su capacidad de unir y por el respeto que se ganaron en la cancha y fuera de ella. Gabriel Prado representaba eso para muchos integrantes del fútbol moreliano: un legado difícil de igualar.

Antonio Huerta, a quien muchos conocen como “El Mango”, enfrenta hoy cuestionamientos importantes de jugadores, directivos y personas cercanas a la liga. No se trata de negar su derecho a participar ni de hacer ataques personales; se trata de preguntarnos si la conducción actual responde realmente a las necesidades de una comunidad futbolística tan grande.

Cuando se percibe que las decisiones se toman para conservar el poder, en lugar de fortalecer a la liga, algo está fallando. Una dirigencia debe escuchar, rendir cuentas y permitir que las reglas se cumplan con claridad. No puede haber espacio para acuerdos a puerta cerrada, convocatorias dudosas o procedimientos que hagan pensar que la mesa directiva está por encima de la propia asociación.

La asociación civil existe precisamente para cuidar el patrimonio, los recursos y la legalidad de la liga. Su función debe ser independiente: vigilar que las decisiones sean transparentes y que los procesos de elección o renovación se realicen conforme a los estatutos. Si hay dudas sobre una convocatoria o sobre las formas en que se están tomando decisiones, deben aclararse públicamente y con documentos en la mano.

Más de quinientos equipos no pueden quedar sujetos a la voluntad de un grupo reducido ni a una presidencia desconectada de lo que pasa en las canchas. La Liga Municipal necesita dirigentes que conozcan al futbolista amateur: al jugador que paga su arbitraje, al delegado que organiza a su equipo, al árbitro que trabaja bajo presión y a la familia que acompaña cada domingo.

Esto no debería convertirse en una pelea de nombres ni en una guerra por la silla. Debe ser una discusión sobre el futuro del fútbol municipal. La liga merece orden, legalidad, transparencia y, sobre todo, respeto por quienes la sostienen: los miles de aficionados que todavía creen que el fútbol puede ser una causa noble.

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